jueves, 21 de febrero de 2008

LAS MUJERES EN LA HISTORIA.

Por: Magdala Velásquez Toro (dirección académica)

Consejería Presidencial para la Política Social, Presidencia de la República de Colombia, Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1995.


Actualmente, en el ámbito internacional, entre los desarrollos más notables de la disciplina histórica, tanto desde el punto de vista teórico como empírico, se cuenta con lo que se ha dado en llamar la historia feminista, que ha proporcionado notables contribuciones al estudio de la sociedad en general y más exactamente de esa "mitad invisible" de la humanidad; es decir, de las mujeres. Esos avances historiográficos no han sido un resultado puramente intelectual o académico sino que se inscriben dentro de los muy diversos y complejos procesos de lucha que las mujeres del mundo entero han adelantado en forma consciente y organizada desde la década de 1960. Como resultado de esas luchas teóricas y prácticas, se ha ido constituyendo eso que, en forma un poco ambigua, se denomina feminismo, pero que en realidad debería llamarse feminismos, por la diversidad de interpretaciones e intereses en juego. Los feminismos, de muy diversas tendencias ideológicas y políticas, han ido construyendo una crítica seria y razonada al patriarcado (en América Latina, el machismo) y han reivindicado las especificidades de las luchas de género propias de la condición femenina.

En Colombia, como era de esperarse, los efectos tanto analíticos como prácticos de las luchas femeninas han demorado en llegar, pero ya se observan los primeros resultados en el plano investigativo y académico. No obstante, pese a todos los cambios experimentados por la sociedad colombiana, las mujeres —y sobre todo las mujeres pobres— siguen siendo el sector social más explotado, oprimido y marginado.

Como un resultado de esas preocupaciones e influencias feministas, recientemente se ha publicado la colección Las mujeres en la historia de Colombia, en tres compactos volúmenes. Este trabajo recopila un total de 52 ensayos escritos por más de 40 investigadoras e investigadores, que pretende abarcar la historia de Colombia desde los tiempos precolombinos hasta el presente.
Teniendo en cuenta la diversidad temática y analítica, es difícil y pretencioso hacer una reseña de tan variada producción. Por esta circunstancia, este comentario sólo pretende efectuar algunas glosas marginales a estos tres volúmenes.

El primer volumen está consagrado al tema Mujeres, historia y política, en donde se incluyen trabajos que analizan la situación de la mujer desde las sociedades prehispánicas hasta el presente. Las diversas autoras y autores se concentran en temas específicos, que en algunos casos analizan a partir de fuentes primarias y en otros de fuentes secundarias, según la disponibilidad de información, que en el caso de la mujer —como sucede con todos los grupos sociales marginados u olvidados— se hace todavía más difícil, por lo menos para los períodos prehispánico y colonial, en la medida en que o no existe documentación o las mujeres aparecían muy de vez en cuando en la información oficial. Este primer volumen está dividido en tres partes: la primera hace un recorrido histórico, la segunda se ocupa de la evolución de la legislación sobre la mujer y la tercera trata de la situación actual de las mujeres.

Entre los ensayos más sugestivos se encuentra el primero de Roberto Herrera, consagrado a las mujeres en las sociedades prehispánicas, tema en sí mismo de difícil manejo, si se tiene en cuenta la poca información disponible. Sin embargo, el autor, a partir de la reconstrucción de mitos y cosmogonías, ubica el papel fundamental que la mujer desempeñó en estas sociedades, al igual que la forma como era vista por la sociedad en su conjunto. Contrastándolo con el papel subordinado y de inferioridad que tiene la mujer europea del siglo XV, el autor indica que en las sociedades indígenas no existía tal concepción, puesto que a las mujeres se les asignaba un papel central en el nacimiento de las culturas (pág. 8). Las pautas culturales y sexuales de esas sociedades no se regían por los criterios que después de 1492 se impondrán a sangre y fuego, tales como la virginidad, la pureza, el matrimonio consagrado por una institución diferente a la misma sociedad, o la familia monogámica.

Seguidamente se analiza a la mujer castellana, mostrando las diferencias culturales más significativas que la distinguen de las mujeres indígenas, y que son una clara expresión de la cultura católica ortodoxa que vendrá con la conquista del continente. Justamente, la mujer castellana padecía todos los sufrimientos y discriminaciones que luego se importarán violentamente al continente americano. Es la clara expresión de la mujer reducida al ámbito privado y doméstico; sin más perspectivas que servir al hombre, sea su padre, hermano, esposo o hijo; privada de cualquier libertad o derecho; sumida en las actividades puramente reproductoras o místicas, sin ningún contacto con el mundo exterior, salvo en trabajos excepcionales o en la prostitución. Todo esto reforzaba la imagen dual de la mujer en el mundo católico-colonial: ejemplo de pureza y castidad —como proyección imaginaria de la virgen María— o manifestación de la lujuria y el pecado —como proyección imaginaria de Eva, la primera mujer pecadora—. En diversas partes de esta colección se recordará este dualismo, el que se manifestará más claramente en la época colonial, como expresión evidente del predominio cultural y moral de la religión católica, pero que incluso se proyecta hasta el presente en lo atinente a los estereotipos predominantes sobre la condición femenina y al notable influjo de la moral católica.

Dos capítulos están consagrados a la mujer durante la independencia, uno de ellos dedicado a Policarpa Salavarrieta. Sustancialmente, éstos no aportan nada de novedoso a la comprensión del asunto, quizá en razón de la imposibilidad de acceder a nuevas fuentes primeras. Dos capítulos también están referidos a Soledad Acosta de Samper y a María Cano, la primera tal vez la mujer colombiana más importante del siglo XIX, sobre todo en el plano intelectual, y la segunda la principal agitadora de masas que ha tenido el país en el siglo XX.

Una parte sustancial del libro está dedicada a la condición jurídica de las mujeres (págs. 173-278 y 421-455). En estos capítulos se hace un detallado recuento de la evolución de la legislación colombiana con respecto a la mujer y de las diferentes conquistas hasta el día de hoy. Se hace una descripción de los debates desarrollados en diferentes períodos del siglo XX sobre el tema, haciendo resaltar tanto las posturas favorables como las adversas a las mujeres. De ese análisis se desprenden varias conclusiones: en primer lugar, el predominio de larga duración de la visión católica, confesional y moralista sobre la mujer que se reforzó durante la República Conservadora, y en segundo lugar, que pese a diferencias programáticas entre los dos partidos tradicionales, con contadas excepciones en el seno de cada uno de ellos, se identificaban en cuanto al papel subordinado y a la supuesta inferioridad de la mujer, argumento que se estilaba para negarle la igualdad de derechos y oportunidades en los espacios públicos y familiares. Es interesante recordar que políticos liberales que han sido exaltados como figuras democráticas, no sólo de ese partido sino de todo el país, vociferaban contra la igualdad de los sexos. Al respecto, se destacan voces como las de Armando Solano, Antonio Rocha, Alberto Lleras Camargo, Calibán y Germán Arciniegas. Éste último, por ejemplo, llegó a afirmar en 1934 que la mujer no debía ingresar en la universidad porque eso "traía como consecuencia principal varios trastornos sexuales" (pág. 220). Opiniones similares expresaron a lo largo del siglo XX distintos portavoces de los partidos y de la Iglesia católica.

En el capítulo de Magdala Velásquez se encuentran dos imprecisiones: una primera cuando afirma que en 1919 en la Asamblea Obrera se fundó el Partido Socialista Revolucionario (pág. 188), pues el que se fundó fue el Partido Socialista; y una segunda cuando señala que en 1944 la lucha por los derechos femeninos contó con el apoyo de la izquierda, "agrupada en ese entonces en el Partido Socialista Revolucionario" (pág. 211). Este partido hacia años había desaparecido, y la organización comunista de ese momento se llamaba Partido Socialista Democrático. Al margen de estas dos imprecisiones, esos capítulos de tipo jurídico precisan bien el cuadro general del debate respecto a la condición femenina y permiten captar el tipo de mentalidad machista predominante en Colombia en el ámbito de la "alta política".

En la parte final del libro, consagrada a la situación de las mujeres hoy, se analizan distintos aspectos de tipo laboral, político, electoral y de la vida cotidiana. A mi modo de ver, en general ésta es la parte más floja de este primer volumen y, posiblemente de la totalidad de la obra, en virtud de una serie de carencias analíticas para comprender la situación actual de las mujeres en Colombia. En efecto, la visión, en términos generales, es muy optimista sobre las perspectivas de las mujeres en nuestro país, sin considerar para nada los desastrosos efectos del neoliberalismo en todos los niveles, de cuyas andanzas las mujeres son las más directamente afectadas, no solamente por los efectos laborales (desempleo, flexibilización, privatizaciones, etc.) sino por los efectos sociales (incremento de la prostitución, de la pornografía infantil, del tráfico de blancas, etc.).

La feminización de la pobreza habría sido una veta fecunda para analizar la situación contemporánea y del inmediato futuro de la mujer y de la niñez colombiana, lo que también habría podido proyectar una diferenciación necesaria en cuanto a género, complementada obligatoriamente con la noción —hoy olvidada, pero a pesar de ello más válida que nunca— de clase social. Pues no todas las mujeres se ven abocadas a prostituirse o a perder su empleo, sino que eso afecta muy particularmente a las clases subordinadas de la sociedad.

De alguna forma, estos vacíos son explicables por el optimismo posconstitucional que se percibe en ciertos artículos, que deja la impresión de que para mejorar la condición de las mujeres sólo bastan las disposiciones jurídicas. En este sentido, si los análisis jurídicos son muy coherentes y organizados, los análisis sobre la situación real de las mujeres lo son menos. No se encuentra una correspondencia en rigor y profundidad entre los dos terrenos de análisis. Pareciera que lo jurídico determina lo real, por lo que el énfasis en esto último es menos acentuado.

Tal vez con la excepción de los artículos consagrados a la violencia ("Mujeres y violencia, una historia que no termina") de Marta Lucía Uribe (págs. 349-361) y a los "Estereotipos sobre la feminidad" de Juanita Barrero, la situación real de la mujer es considerada en forma muy apresurada. El artículo sobre la violencia plantea con claridad las características de la violencia "privada" y cotidiana que se ejerce sobre las mujeres, violencia que adopta diferentes modalidades, tales como la violencia sexual, la violencia intrafamiliar, y los efectos de la violencia estructural sobre la mujer. Por su parte, el capítulo sobre los estereotipos es un muy serio análisis teórico-descriptivo sobre todos los prejuicios y lugares comunes repetidos hasta el cansancio en una sociedad tan machista y sexista como lo es la colombiana.

En resumen, si la proyección histórica de este primer libro es muy coherente —pese a la diversidad de miradas—, la parte referente a la situación presente y a las perspectivas inmediatas de la mujer en nuestro país es bastante desigual, en la medida en que no se ocupa de considerar los efectos negativos de la generalización del neoliberalismo y de la "feminización de la pobreza", lo que refuerza muchos de los soportes del machismo y de la sociedad patriarcal capitalista.